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La intensa luz presente en esos escasos dieciséis metros cuadrados dejaba entrever una neblina de color azulado que transmitió terror a la joven e involuntaria púgil. Se enfrentaba a un enemigo conocido pero variable capaz de golpearle desde varios lados, unos contrapuestos a los otros, a modo de triángulo. El árbitro de la contienda, su sexto sentido, el común, le gritaba advirtiéndole de la ausencia de normas y su cuerpo, a medida que recibía golpes en tandadas de no menos de tres, iba encogiéndose sintiéndose cada vez más débil. Despojada de sus guantes, las manos apenas valían para ensordecer los gritos de los perros, atacantes, nerviosos, evadidos de sus míseras vidas gracias al efecto químico de la adrenalina inyectada en sus ojos, en sus bocas, en sus alientos, cálidos, malolientes, llenos de carroña procedente de su penúltima víctima, otro insensato púgil. Tras el toque de campana que daba fin al noveno, aún conservaba un hilo de vida suficiente para escapar entre el cordaje y la lona y recuperar su rincón donde su entrenadora pudo únicamente decirle: “lo has hecho muy bien, les has aguantado” sin apenas disimular su rabia. Aquellas luces terminaron apagándose ofreciendo el tiempo necesario para que el ring fuera aseado y preparado, como mesa de operaciones, para recibir al próximo combatiente; siempre hay público suficiente.

GRACIAS A RAMÓN CASTRO. http://ramoncastro.es/

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