Son las 9 de la mañana del lunes. Gonzalo dibuja jugadas en su cuaderno, sin prestarle atención al maestro de historia. Traza una flecha en diagonal en una canchita semejante a la que los diarios utilizan para reflejar el gol de la fecha. Pero no es un gol. Es un try. Uno de los dos que apoyó Gonzalo en el partido de ayer vistiendo la camiseta a rayas de su equipo, el Club Atlético Tradicional, uno de los más antiguos y campeones en la historia del rugby argentino. Gonza, como lo apodaron desde chico, juega de octavo en la Menores de 17. Está feliz y no se preocupa mucho porque falta poco para el fin de su etapa escolar. Ahora lo que le importa es el rugby, el triunfo de ayer que lo dejó a un paso del título y el test del próximo domingo, encima de local. Será el último del año, y si se da otra victoria, habrá vuelta olímpica. La primera desde que tomó una ovalada, a los 6 años, en los Mosquitos. Gonzalo sueña y sueña mientras sus compañeros del colegio Las Lomas, en San Isidro, escuchan atentos al profesor.

Son las 9 de la mañana del mismo lunes. A Rodolfo le duele el cuerpo y le ríe el corazón. El partido de ayer fue durísimo, y la victoria en el último minuto le permitió a su equipo, el Fomento Rugby Club, quedar entre los cinco primeros, algo inédito en cualquier categoría para la corta historia de los de camiseta roja. Rodolfo estira sus piernas en uno de los bancos gastados de la Escuela Sarmiento, en Florencio Varela, y hace malabares para tratar de prestarle atención a algunas de las cuentas que el profesor de matemática
ensaya en el pizarrón. Rolo, como lo apodaron cuando llegó al club a los 11 años, juega de octavo en la Menores de 17 y ya empezó a dibujar en su mente el partido del domingo contra los de Tradicional. Hay cuestiones de honor de por medio: mantener el puesto en la tabla y arruinarle la fiesta a un grande.

Gonzalo camina las 10 cuadras que separan al colegio de su casa, un chalet de dos pisos en pleno San Isidro. Mientras dos de sus amigos juegan con el celular y otro está enchufado a un minúsculo aparato de MP3 que retumba música tecno, Gonza sólo encuentra lugar en su cabeza para organizar la actividad de una semana que en ese momento cree que será la más importante de su vida. Como siempre, gimnasio todos los días; a los entrenamientos de los martes y jueves esta vez se le agrega otro el sábado. Queda un rato para el estudio: los exámenes que se vienen en el colegio y los preparativos para el CBC de Física. Y un pequeño espacio para chatear desde la notebook que tiene en su habitación. “Nada de minas hasta el domingo por la noche”, se dice a si mismo sin que los otros lo escuchen. Es más: suena su telefonito último modelo y lo apaga sin fijarse quién llama. El aparato se lo compró Emilio, su padre, ex campeón con Tradicional, de profesión ingeniero y algo molesto con su hijo porque desechó la idea de seguir su educación en una Universidad privada.

Rodolfo, como de costumbre, se fuma un pucho a la salida del colegio junto a sus amigos. Todos hablan del recital que el sábado por la noche dará una banda de rock que está pisando fuerte en el Sur del Gran Buenos Aires. Todos menos Rolo, quien intenta acomodar su rutina. Un fugaz almuerzo preparado por su madre en el PH que habitan a unas cuadras del centro de Varela. De ahí, a ayudarlo a Pedro, su padre, en el negocio de repuestos que ya lleva casi 50 años en la zona. Entrenamiento martes y jueves; fierros lunes, miércoles y viernes; trabajo el sábado por la mañana y siesta por la tarde. Nada de recital ni de boliche por la noche. Sí quizá encontrarse un ratito con los pibes para escuchar a Los Redondos, algo de rock sinfónico y una pasadita por el ciber para chatear. Y si hay algo de tiempo, seguir buscando un lugar para estudiar lo que más le gusta: publicidad. Su padre ya le avisó, sin ocultar su tristeza de padre, que no podrá colaborar con la cuota mensual.

El Tradicional está a pleno como cualquier jueves que antecede a un fin de semana importante. Hace mucho que el club no logra títulos en la Primera. Lo mismo pasa con la Intermedia y la Pre. Por eso, los socios consideran que hay que estar juntos para darle apoyo a los chicos de la Menores de 17. Después del entrenamiento habrá una cena en el restaurante principal del club, un bellísimo lugar de arquitectura inglesa de fines del siglo XIX, decorado en madera y con una enorme chimenea en el centro. Habla un sobreviviente del famoso equipo campeón invicto de 1957, el capitán general y el actual capitán de la Primera. Gonzalo come, escucha y vuela. Imagina cada movimiento que hará el domingo. Sueña con apoyar el try del triunfo en el último minuto, en el lugar que todos sueñan en el club: al lado de la tribuna, en el ingoal que da a la pileta. El resto de los chicos están en la misma frecuencia. Lo hacen y se los hacen sentir. De pronto, Gonza ve que su padre, quien le inculcó la pasión por el rugby, se le acerca con su físico imponente (él también fue forward, pero segunda línea) y una sonrisa repleta de orgullo. Se le arrima al oído y le susurra: “Me acaban de decir que quizá te llamen para Los Pumitas”.

Fomento vive el jueves más importante de su vida. Al club lo crearon entre 10 tipos que se habían marchado de otro club de la zona, el San Tomás. Empezaron en un potrero y más tarde consiguieron un terreno para dos canchas, un vestuario y un quincho. A Freddy, uno de los fundadores, fue a verlo Pedro, que no sabía nada de rugby pero que había escuchado que ese deporte era bueno para los pibes. Rodolfo quería ser futbolista, y era bueno: le gustaba tirar caños y demostraba guapeza para bancarse las patadas. “Traelo al club. Acá va encontrar contención, porque el rugby te enseña el compañerismo, el respeto por el otro y te da sentido de pertenencia. Además, no corre un mango. Todo lo hacemos a pulmón. Que venga y que pruebe. Yo lo voy a ayudar”, le dijo Freddy a Pedro. Rodolfo, quien rápidamente se convirtió en Rolo (el rugby es un deporte de apodos), no entendió nada cuando su padre le hizo la propuesta. El primer sábado no se lo va a olvidar más. Se preguntaba con toda la inocencia de un niño qué hacían esos que jugaban con una pelota ovalada que picaba para cualquier lado, que pasaban la pelota para atrás y que la pateaban afuera para avanzar. Mucho menos cuando veía a ocho que se agachaban para empujar contra otros ocho. Le fue tomando la mano y, de a poco, le entró el gusto por tacklear. Sentía una tremenda descarga de energía cada vez que bajaba a otro. Enseguida el entrenador lo puso de tercera línea; primero de ala y, después, de ocho. Rolo recordaba todo esto mientras unas 40 personas se habían acercado hasta el quincho para alentarlos.

El sábado, los chicos de Tradicional llegaron al club para el último entrenamiento del año. Todos tenían una manija tremenda. Querían que el partido comenzara ya. Antes de irse al vestuario, el entrenador de la menores de 17, el Colorado Taylor, los arengó: “Lo importante es que se diviertan, pero también que respeten la historia de este club. Vamos a abrir la pelota de todos lados, a atacarlos, a ganar por la mayor diferencia posible. Somos más que ellos y tenemos que demostrárselo en la cancha”. Pocos le tenían confianza al Colorado, que había sido un buen jugador en la Primera pero todos creían que no entendía bien el juego. Además, no soportaban su pose de canchero (despreciaba a los otros clubes, sobre todo lo más chicos) y sabían que llegó a entrenador por sumar horas y amistades en la barra del bar del club. Los chicos escuchaban mucho más a los dos colaboradores, el Gordo Valle y Fito Rolón. Gonza pensaba lo contrario del Colorado. Para él había que jugar este partido como un test: cerrado, planteando una lucha de forwards y abriendo la pelota sólo cuando se produjeran los espacios cerca del ingoal rival. Lo charló con algunos compañeros, que asintieron.

El día previo al partido del domingo, el Negro Ramírez, el entrenador de la Menores de 17 de Fomento, juntó a los chicos en una de las dos canchas del club sólo para que se distraigan. Su idea era que recordaran más que nunca que todos formaban de un equipo y que así se fueran a dormir y así se despertaran al día siguiente. El Negro era un admirador incondicional del Veco Villegas, aquel maestro del rugby que poco antes de morir concurrió hasta Varela para dar una serie de charlas que enriquecieron los conocimientos rugbísticos de la gente de Fomento. El Negro Ramírez apostaba casi de modo fundamentalista al scrum y al tackle. Y la defensa de su Menores de 17 era mortal. Pocos tackleaban en esa división como los chicos de Fomento. “Mañana tenemos la oportunidad de divertirnos y de mostrar nuestro rugby. Les pido que mantengan las banderas del scrum, la presión y rudeza en el primer tackle. Busquemos el eje profundo, no los dejemos respirar ni un segundo y vayamos al line, que también es uno de nuestros fuertes. Y cuando hay un penal, palos. Ah, y ojo con el ocho de ellos, que se levanta siempre en los scrums”, arengó El Negro. El Huevo Santillán, apertura, pateador y goleador del equipo, presumía que el domingo podía ser su domingo de gloria. También Rolo, al que se le hacía agua la boca cuando escuchaba hablar de tackles.

Gonzalo se levantó temprano ese domingo. Desayuno junto a su madre y se marchó hacia la habitación para armar el bolso. Cuando miraba la camiseta original de Los Pumas firmada por todos los jugadores, entró su padre. “Vamos, que todo el club está con ustedes. Me mato si salen campeones esos hijos de puta”, casi que gritó Emilio, para quien era una rutina pasar los fines de semana en Tradicional. Ocurre que atrás de Tradicional venía Acassuso, el rival de toda la vida desde que un grupo de socios decidió irse para fundar otro club. Si Tradicional ganaba, se aseguraba el título. Un empate le daba chances a Acassuso, que tenía que enfrentar y ganarle a El Imperial. Gonza trató de no escuchar a su padre. Estaba concentrado en lo que tenía que hacer en la cancha.

Rodolfo se sorprendió cuando llegó a la cocina para desayunar y encontró a sus padres. El estaba acostumbrado al mate con su mamá, porque Pedro aprovechaba el domingo para dormir hasta tarde para después dedicarse al asado. “¿Qué hacés acá, papá, levantado tan temprano?”, dijo Rolo. “Es que quiero ir a verte. ¿No te jode? Hablé con Freddy y me consiguió un lugar en el micro. Eso sí: acordate que yo de rugby no entiendo nada”, aseguró Pedro. “Sí, viejo, vení. Siempre quise que me vengas a ver”, cerró Rolo antes de irse al cuarto para armar el bolso. El poster de Los Pumas fue único testigo de la ceremonia silenciosa.

La cancha principal del club Tradicional estaba poblada por unas 400 personas ese domingo. Emilio, al igual que cuando jugaba la Primera, se reunió con sus amigos en la tribuna, del costado del ingoal que da a la pileta. La gente de Fomento estaba del otro lado, parada, pegada al alambrado. Pedro creyó que lo más conveniente era quedarse junto a Freddy. Mientras, el silencio invadía a los dos vestuarios.
El partido es intenso desde el mismo arranque. En la primera pelota vuelan un par de piñas de ambos lados como para imponer respeto. Tradicional abre la pelota de todos lados; Fomento se defiende a puro tackle. El local pasa al frente con un penal, pero enseguida el Huevo Santillán empata con su zurda. No hay tregua. Es palo y palo. Los chicos de Tradicional buscan por todos lados la manera de quebrar, pero los de Fomento les van duro a los brazos y les hacen caer la pelota. Faltando cinco minutos para el final del primer tiempo, Tradicional tiene un scrum a favor a cinco yardas del ingoal. Como un rayo, Gonzalo se levanta, quiebra dos tackles y termina en el ingoal con Rolo colgado de sus hombros. Try, conversión y al descanso con un 10-3 para el equipo que hasta allí es el campeón de la Menores de 17.
El segundo tiempo tiene el mismo trámite. Pero de tanta presión del contrario, un centro de Tradicional pierde la pelota. La recuperan los forwards de Fomento. Arman un maul y empiezan a empujar. Se los llevan más de 20 metros a la rastra. Try abajo de los palos. Conversión del Huevo y 10 a 10.
Los chicos de Tradicional salen como fieras del kick para reponer el juego. Un jugador de Fomento traba la salida de la pelota en un ruck y el árbitro sanciona penal: 13-10. Otro penal, en este caso por offside, sirve para que Tradicional pase al frente por 16-10. Faltan apenas 10 minutos. Pero el Huevo Santillán está encendido, como dicen los relatores de ahora. Mete un penal desde la mitad de la cancha, recto a los palos, y emboca un drop que atraviesa la hache con lo justo. Es más: le dio con la derecha y casi cayéndose. “Como Porta”, se dijo a si mismo. “Como Wilkinson, la puta madre”, exclamaron desde la tribuna de Tradicional.. “¡Vaamoosss!”, gritó por primera vez Pedro, mirando a su hijo como si él fuese quien había empatado el partido.
Los forwards de Tradicional, que ya no pueden levantar las piernas de tanto atacar, se juntan en el medio de la cancha y toma la palabra el Flaco Yrigoyen, el segunda línea y capitán: “Ahora manejamos el juego nosotros. No abrimos más la pelota. Los metemos en el ingoal”, arenga, sabiendo que sus tres cuartos ese día no pueden quebrar la marca de sus rivales. También se abrazan los ocho forwards de Fomento, que tienen los hombros morados de tanto tacklear. El Ratón Cardone, hooker y capitán, lleva el mensaje: “No nos entran ni con la policía. Tackleemos como si fuera lo último que hacemos en la vida”.
Los últimos tres minutos se juegan en campo de Fomento. Los de Tradicional empujan y los de Fomento resisten. Hay un line en cinco yardas. Gonzalo y Rodolfo están en la cola. Ganan la pelota los de camiseta rayada. Arman un maul y los de rojo lo derriban. Penal. Es muy esquinado para probar a los palos, el pateador no está en un buen día y no hay más tiempo para nada. Entonces, el Flaco Yrigoyen opta por el scrum en cinco yardas. Es la última jugada. Los dos packs se vuelven a reunir por separado. Se dicen que es la última. Los ocho de Tradicional tratan de empujar, pero los de Fomento están bien armados. Gonzalo ya pensó en levantarse. Rodolfo ya recordó la frase del Negro: “Ojo con el ocho”. Gonza agarra la pelota y encara por el ciego, por el costado más angosto de la cancha. Se lleva puesto al medio scrum y enfila hacia la bandera del ingoal que da a la pileta. Cuando se está por tirar para apoyar, Rodolfo le encaja un tackle abajo de la cintura que lo tira afuera. Final. Los de Tradicional se agarran la cabeza porque ya sabían que Acassuso había ganado. Los de Fomento se abrazan sin saber que la derrota de El Imperial los deja en el cuarto puesto, un lugar nunca alcanzado por ningún equipo en la historia del club. Emilio y sus amigos putean al aire. Pedro se le sube a caballito a Freddy. Ni los goles de Racing los gritaba así.
El tercer tiempo es en el bar clásico del club Tradicional. Allí todos dicen que se arma el mejor tercer tiempo por la calidad y cantidad de bebidas y comidas. Emilio está en el lugar de siempre, en uno de los codos de la barra, con un vaso de whisky en la mano. Cuando manotea el bolsillo de su camisa se da cuenta que se bajó un atado de fasos durante el partido. Pedro mira todo asombrado y ya va por la tercera cerveza. Rodolfo llega arrastrando su bolso. No puede ni levantar los brazos. Agarra una botella y se tira en un sillón. Gonzalo ni siente sus piernas. El y sus compañeros lloraron en el vestuario, pero ahora están tranquilos con ellos mismos. Saben que dejaron todo.
Gonzalo y Rodolfo miran, uno en una punta y otro en la otra, a la misma chica. Es una rubia de 16 años, socia del club, que desparrama sensualidad a cada paso. Sigue de largo y las miradas de los dos octavos se chocan. Gonzalo es el que encara. No a la rubia. A Rodolfo. “Te felicito. No sé de dónde saliste. Me sacaste el try del campeonato”, dice Gonza. “No sé, fui directo al bulto, a tacklear lo que estuviera cerca. Vos la rompiste, jugaste un partidazo. No sé si en nuestra edad hay muchos ochos como vos. Tenés que estar en Los Pumitas”, le contesta Rolo. Se abrazan y empiezan a charlar de varios temas. De repente, el díalogo se interrumpe. Pasa de nuevo la rubia. Y casi empujándose se preguntan al mismo tiempo: “¿A ver quién gana ese partido?”. La rubia les avisa que no insistan, que se está por ir a ver a su novio a otro tercer tiempo. Su novio también juega de ocho, pero en Acassuso, el campeón de la Menores de 17. “Es un choto”, dice Gonzalo riéndose a los gritos cuando la rubia ya se fue. “Además, es medio gonca”, agrega Rolo a pura carcajada. Los dos lo saben: habrá revancha.

Jorge Búsico 

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