Refugiaba mi huida tras el volante de mi antiguo coche. Las líneas que se marcaban en la carretera, guiaban mi pasaporte hacia un destino cobarde alejado de todo lo anterior. En la radio creí oír música que reconocía como interesante tiempo atrás, y de recuerdos almacenados en los cajones de mi memoria más olvidadiza. Todo había pasado de repente, como consecuencia de un continuo de hechos que habían debilitado mi frágil corazón, tan frágil que no aceptaba un nuevo fracaso sentimental.

Seguía tan atento las indicaciones viales, como un sueño olvidado en el despertar de la mañana. Conducía mi cuerpo, deslizando todo el poder a mis extremidades, pero mi mente viajaba hacia una dirección propia y ajena al resto del planeta. Sin avisar la lluvia empezó a deslizarse por el parabrisas del viejo automóvil, obligándome a articular el mecanismo de limpieza, que sorprendido, descubrí aún funcionaba eficazmente. Una preocupación menos en estos tiempos. Sin confesarlo, me empezaba a gustar aquel contexto que me acogía en su seno bajo el palio nocturno de la última hora de la tarde, y acompañando estaba la lluvia mi estado depresivo de huida.

Todo parecía aliarse para que mi mente no volviera nunca de su viaje hacia otro lugar. Llevaba muchos kilómetros en el retrovisor, o eso me parecía, la distancia se mide por la necesidad de que exista o no, me dije en aquel momento. Realmente no veía la salida del camino fijado en los últimos días, no creía superar la certeza de no mimar más sus besos. Me había dejado sin más. Empezó a aumentar la lluvia en mi envoltorio artificial, y esto, dificultaba la conducción inconsciente que manejaba la velocidad de crucero que me había auto impuesto, pensando que así alejaría más rápido los últimos sucesos.

Llevaba rato sobre rectas infinitas, que junto a mi falta de destreza a la hora de conducir y la meteorología, hicieron más difícil la visibilidad. Opté por desconectar la frecuencia de aleteo de aquel limpiaparabrisas, creyendo me ayudaría en mi desconcierto ante tanto ir y venir, mejorando así el bloqueo de la mirada fija en la carretera. A cada parada el cristal aumentaba el nivel de agua que allí se almacenaba, pero a la espera de la justa medida, yo podría incrementar mi percepción del camino sin mostrar distracciones que surcaran de arriba a abajo y vuelta a empezar, aquella superficie mojada.

Mi mundo seguía desmoronándose lentamente y sin pausa dentro de mí. Hasta aquel instante. Viendo la lluvia en su deslizar, la grandiosidad simple del fenómeno, empecé a comprender que mi vida podría dar un giro en donde, los acontecimientos de cambio recientes no eran más que compañeros fortuitos de mi caminar. Porque como aquella lluvia de mi cristal, siempre podría accionar mecanismos que renovaran mi pesar, siempre podría empezar.

Detuve mi viejo coche allá en el arcén del camino real que pisaba, y observando el mojado parabrisas, supe que encontraría la fuerza para volver a reconducir todo el tiempo atrás dejado, cuando veía los kilómetros pasar queriendo con mi huida llorar de soledad. Sin dejar de llover no quería que acabase, sabía que el día de mañana, todo para bien podría volver a cambiar y estaría preparado para accionar el mecanismo.

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