Debió ser el tiempo en soledad. Pudo llegar con la añoranza de un tiempo perdido. Lo acabado pareció no tener inicio acompañado de una fecha del calendario. Buscando recuerdos no encontraba explicación del por qué su mundo giraba en torno a un eje individual. Su paseo por las calles de la ciudad se truncaba a cada paso que lo alejaba de algo más que una dirección postal.

En un día cualquiera, a una hora tardía de aquel mes frío de hojas que caen alrededor del ciudadano anónimo, allí, allí estaba él, recorriendo portales y viejas casas que miran desconfiadas. Acogido por sí mismo en tristes pensamientos de una vida sin guía, de una guía que no fuera ella, de ella que nunca existió, pareció su refugio bolsillos con demasiado fondo interior.

Creía él ser hombre fuerte en su trinchera al otro lado de una batalla que no mandaba tropas a invadir territorios de un amor soñado. Así avanzaba en su caminar, ensimismado en su soledad imaginada, cuanto más, más se ahogaba. Sintió la presión que en su corazón le golpeaba a cada latido que de la realidad lo alejaba.

Decide él parar todo lo andado y mirar atrás, querer retroceder en aquello que imaginaba en un juego cruel que lo mataba, que no podía soportar. En un gesto de rápida ejecución, corriendo se encontró mientras gritaba su nombre, mientras gritaba su amor, mientras sentía que sin ella no podía nunca imaginar lo que más temía. No estar a su lado aún en un instante de caminar, casi lo mata en su soledad.

Volveré, tengo que volver allí donde sin ella nunca quise estar. En la osadía de imaginar una fantasía irreal, moría por añorar su presencia constante, moría por amar, simplemente la falta lo ahogaba.

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