El traslado a aquella casa había sido reciente. Aún podía incluso saborearse parte de las vidas que anteriormente habitaron en ella. Para ella, el cambio de domicilio significaba un cambio a la casilla siguiente en su particular juego, para huir de temores tan cercanos como necesarios de olvido. Cuando en un alarde de esfuerzo memorístico había intentando alcanzar en sus recuerdos alguno gratificante, éste, si estaba, nunca llegaba a formalizar su presencia.

La casa debía ser el punto cero de una nueva y verdadera historia de recuerdos. Hasta ese momento, todo lo acontecido debería ser guardado en la caja fuerte de cualquier desván perdido. Huir no era una opción, era simplemente, subir al vagón que te podía llevar lejos de dolores inculcados por otros, de cicatrices grabadas por siempre en la autoestima, de deseos y sueños rotos sin saber cuando ocurrió.

Empezar una nueva vida. Tener una vida propia, y querer en todo momento ser su protagonista, sin necesidad de súplicas de un perdón que no llegas a saber su por qué. Habían llegado a ella historias de los anteriores inquilinos, nada fuera de lo normal, salvo la propia normalidad de una familia carente de situaciones similares a la suya. Lo que siempre añoró, y nunca sintió suyo.

Quedaba un largo camino hasta otorgarle a aquella pequeña casa, la etiqueta de hogar que el paso del tiempo se encargaba de solicitar, y las experiencias, detalles, recuerdos y demás confeccionaban. Un cuadro allá, una tostada quemada en mañanas de prisa acá, un sueño frente a programas de televisión que todos sintonizan y nadie ve, un continuo aportar. Buscando que tirar, buscando que dejar, buscando que buscar, se citó con aquel cajón situado bajo el abrigo de un mueble bar en período de abstinencia indefinida. Y en él, sólo aquella fotografía al frente del vacío que encontró.

Su único movimiento alcanzó para recogerla y llevarla al frente de su sueño. En aquel instante todo se detuvo. Se veía en ella bajo el blanco y negro del tiempo, un rostro de mujer enamorada de su improvisado fotógrafo. Se veía a una mujer con aquella mirada que en ella se fue perdiendo por los desagües del desamor torturado por otro. Recorrió su cuerpo la envidia por aquel retrato, por no ser el modelo fotografiado aquel día perdido del calendario. La envidia de no tener aquella mirada, aquella mínima esperanza del que siente en sí la posibilidad de tener lo que no es suyo y quizás nunca alcance a serlo. Las lágrimas fueron las únicas testigos de su sueño. La identidad de aquella figura sobre papel había sido por un instante la suya propia, pero el sonido del timbre la hizo volver a la realidad de su nueva ubicación. Una idea surgió de aquella sensación experimentada, que la había envuelto en pasados que no le pertenecían. Aquel sería verdaderamente el día del inicio por la búsqueda de un nuevo amor que compartiera la tradición encontrada en aquella casa. Ella tendría algún día su propia foto, ella sería la protagonista del retrato enamorado, de una persona realmente feliz. Sentía la necesidad de explorar entre el futuro que la alejaba del pasado sufrido. Abrió la puerta y la nueva vida comenzó.

 

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