Donde todo será tan importante como queramos que sea

Archivo diario: febrero 11, 2007

 

Debió ser el tiempo en soledad. Pudo llegar con la añoranza de un tiempo perdido. Lo acabado pareció no tener inicio acompañado de una fecha del calendario. Buscando recuerdos no encontraba explicación del por qué su mundo giraba en torno a un eje individual. Su paseo por las calles de la ciudad se truncaba a cada paso que lo alejaba de algo más que una dirección postal.

En un día cualquiera, a una hora tardía de aquel mes frío de hojas que caen alrededor del ciudadano anónimo, allí, allí estaba él, recorriendo portales y viejas casas que miran desconfiadas. Acogido por sí mismo en tristes pensamientos de una vida sin guía, de una guía que no fuera ella, de ella que nunca existió, pareció su refugio bolsillos con demasiado fondo interior.

Creía él ser hombre fuerte en su trinchera al otro lado de una batalla que no mandaba tropas a invadir territorios de un amor soñado. Así avanzaba en su caminar, ensimismado en su soledad imaginada, cuanto más, más se ahogaba. Sintió la presión que en su corazón le golpeaba a cada latido que de la realidad lo alejaba.

Decide él parar todo lo andado y mirar atrás, querer retroceder en aquello que imaginaba en un juego cruel que lo mataba, que no podía soportar. En un gesto de rápida ejecución, corriendo se encontró mientras gritaba su nombre, mientras gritaba su amor, mientras sentía que sin ella no podía nunca imaginar lo que más temía. No estar a su lado aún en un instante de caminar, casi lo mata en su soledad.

Volveré, tengo que volver allí donde sin ella nunca quise estar. En la osadía de imaginar una fantasía irreal, moría por añorar su presencia constante, moría por amar, simplemente la falta lo ahogaba.


 

El traslado a aquella casa había sido reciente. Aún podía incluso saborearse parte de las vidas que anteriormente habitaron en ella. Para ella, el cambio de domicilio significaba un cambio a la casilla siguiente en su particular juego, para huir de temores tan cercanos como necesarios de olvido. Cuando en un alarde de esfuerzo memorístico había intentando alcanzar en sus recuerdos alguno gratificante, éste, si estaba, nunca llegaba a formalizar su presencia.

La casa debía ser el punto cero de una nueva y verdadera historia de recuerdos. Hasta ese momento, todo lo acontecido debería ser guardado en la caja fuerte de cualquier desván perdido. Huir no era una opción, era simplemente, subir al vagón que te podía llevar lejos de dolores inculcados por otros, de cicatrices grabadas por siempre en la autoestima, de deseos y sueños rotos sin saber cuando ocurrió.

Empezar una nueva vida. Tener una vida propia, y querer en todo momento ser su protagonista, sin necesidad de súplicas de un perdón que no llegas a saber su por qué. Habían llegado a ella historias de los anteriores inquilinos, nada fuera de lo normal, salvo la propia normalidad de una familia carente de situaciones similares a la suya. Lo que siempre añoró, y nunca sintió suyo.

Quedaba un largo camino hasta otorgarle a aquella pequeña casa, la etiqueta de hogar que el paso del tiempo se encargaba de solicitar, y las experiencias, detalles, recuerdos y demás confeccionaban. Un cuadro allá, una tostada quemada en mañanas de prisa acá, un sueño frente a programas de televisión que todos sintonizan y nadie ve, un continuo aportar. Buscando que tirar, buscando que dejar, buscando que buscar, se citó con aquel cajón situado bajo el abrigo de un mueble bar en período de abstinencia indefinida. Y en él, sólo aquella fotografía al frente del vacío que encontró.

Su único movimiento alcanzó para recogerla y llevarla al frente de su sueño. En aquel instante todo se detuvo. Se veía en ella bajo el blanco y negro del tiempo, un rostro de mujer enamorada de su improvisado fotógrafo. Se veía a una mujer con aquella mirada que en ella se fue perdiendo por los desagües del desamor torturado por otro. Recorrió su cuerpo la envidia por aquel retrato, por no ser el modelo fotografiado aquel día perdido del calendario. La envidia de no tener aquella mirada, aquella mínima esperanza del que siente en sí la posibilidad de tener lo que no es suyo y quizás nunca alcance a serlo. Las lágrimas fueron las únicas testigos de su sueño. La identidad de aquella figura sobre papel había sido por un instante la suya propia, pero el sonido del timbre la hizo volver a la realidad de su nueva ubicación. Una idea surgió de aquella sensación experimentada, que la había envuelto en pasados que no le pertenecían. Aquel sería verdaderamente el día del inicio por la búsqueda de un nuevo amor que compartiera la tradición encontrada en aquella casa. Ella tendría algún día su propia foto, ella sería la protagonista del retrato enamorado, de una persona realmente feliz. Sentía la necesidad de explorar entre el futuro que la alejaba del pasado sufrido. Abrió la puerta y la nueva vida comenzó.

 


 

Refugiaba mi huida tras el volante de mi antiguo coche. Las líneas que se marcaban en la carretera, guiaban mi pasaporte hacia un destino cobarde alejado de todo lo anterior. En la radio creí oír música que reconocía como interesante tiempo atrás, y de recuerdos almacenados en los cajones de mi memoria más olvidadiza. Todo había pasado de repente, como consecuencia de un continuo de hechos que habían debilitado mi frágil corazón, tan frágil que no aceptaba un nuevo fracaso sentimental.

Seguía tan atento las indicaciones viales, como un sueño olvidado en el despertar de la mañana. Conducía mi cuerpo, deslizando todo el poder a mis extremidades, pero mi mente viajaba hacia una dirección propia y ajena al resto del planeta. Sin avisar la lluvia empezó a deslizarse por el parabrisas del viejo automóvil, obligándome a articular el mecanismo de limpieza, que sorprendido, descubrí aún funcionaba eficazmente. Una preocupación menos en estos tiempos. Sin confesarlo, me empezaba a gustar aquel contexto que me acogía en su seno bajo el palio nocturno de la última hora de la tarde, y acompañando estaba la lluvia mi estado depresivo de huida.

Todo parecía aliarse para que mi mente no volviera nunca de su viaje hacia otro lugar. Llevaba muchos kilómetros en el retrovisor, o eso me parecía, la distancia se mide por la necesidad de que exista o no, me dije en aquel momento. Realmente no veía la salida del camino fijado en los últimos días, no creía superar la certeza de no mimar más sus besos. Me había dejado sin más. Empezó a aumentar la lluvia en mi envoltorio artificial, y esto, dificultaba la conducción inconsciente que manejaba la velocidad de crucero que me había auto impuesto, pensando que así alejaría más rápido los últimos sucesos.

Llevaba rato sobre rectas infinitas, que junto a mi falta de destreza a la hora de conducir y la meteorología, hicieron más difícil la visibilidad. Opté por desconectar la frecuencia de aleteo de aquel limpiaparabrisas, creyendo me ayudaría en mi desconcierto ante tanto ir y venir, mejorando así el bloqueo de la mirada fija en la carretera. A cada parada el cristal aumentaba el nivel de agua que allí se almacenaba, pero a la espera de la justa medida, yo podría incrementar mi percepción del camino sin mostrar distracciones que surcaran de arriba a abajo y vuelta a empezar, aquella superficie mojada.

Mi mundo seguía desmoronándose lentamente y sin pausa dentro de mí. Hasta aquel instante. Viendo la lluvia en su deslizar, la grandiosidad simple del fenómeno, empecé a comprender que mi vida podría dar un giro en donde, los acontecimientos de cambio recientes no eran más que compañeros fortuitos de mi caminar. Porque como aquella lluvia de mi cristal, siempre podría accionar mecanismos que renovaran mi pesar, siempre podría empezar.

Detuve mi viejo coche allá en el arcén del camino real que pisaba, y observando el mojado parabrisas, supe que encontraría la fuerza para volver a reconducir todo el tiempo atrás dejado, cuando veía los kilómetros pasar queriendo con mi huida llorar de soledad. Sin dejar de llover no quería que acabase, sabía que el día de mañana, todo para bien podría volver a cambiar y estaría preparado para accionar el mecanismo.


 

Profundamente. No había sido la primera, quizás tampoco la última, pero había llegado a mí de forma súbita. Profunda. Hasta ahora, nunca tuve interés por las otras miradas de gente extraña, gente a mi alrededor, gente y más gente que miraba y yo les correspondía. Sin más. Creo que fue ella la que se acercó, haciendo desfilar por mi cuerpo una espiral indefinible de sentimientos, similar a una rebelión de pequeñas hormigas.

La recuerdo bien, no la olvido, no podría. Mi día tenía destinado ser como otro cualquiera, uno más inflado de rutina, en el que mi persona se había sentido protagonista cómodamente hasta entonces. Mis monotonías diarias no iban a hacer de aquel un día diferente, sin tan siquiera con momentos para recordar en futuras paranoias de pasado. Salir a la calle de vez en cuando formaba parte del guión marcado que intentaba seguir, para dar sentido a un mundo personal y sin fisuras. Me sentía como el resto, uno más.

Casualidad o no, lo cierto es que las dos o tres miradas que llevaba en mi lista callejera por entonces, no levantaban más atención para mi que las de cualquier otro caminar, hasta que, sin más, se acercó. El encuentro despertó todo mi ser, reflejó en un puro instante anhelos nunca imaginados, que sin embargo tenía y no había sido capaz de otorgarles la oportunidad de nadar a orilla mejor.

Si duró más tiempo de lo que necesitaba o menos del que pedía, no lo sé, tan sólo sus consecuencias han hablado desde entonces conmigo. He mantenido ociosas conversaciones con mis pensamientos y lamentos, y siempre acabamos riñendo o haciendo lo que a estos les inculcó aquella mirada pasajera. Nuestro principal tema de acalorados debates, se basa en acusaciones de escasa valentía, de reproches incuestionables por dejarla marchar, por no ir tras su dueña, por no soñar con compartir su custodia. Pero yo me consuelo pensando que si no hubiera sido capaz de llegar a sentirme penetrado por aquella mirada, si en aquel instante, por un desliz del tiempo, hubiera sido parte del resto de mi rutina diaria, no tendría nada.

Ahora es su recuerdo el que es mío, el recuerdo de haberla sentido, de haberla vivido. Profundamente. Tengo algo que otros no tienen, que no deseo compartir y que no sabría como hacerlo. Aquella mirada me enseñó todo y no me enseñó nada. No supe que encontrarla y ella se me acercó.


       Se reflejaba en sus gestos el paso del tiempo. Llevaban más de una hora en aquel lugar y aún no se habían percatado de qué estaban hablando. No se recordó nunca quien fue el causante del comienzo de aquella charla, pero sin duda, todos estarían a favor de su reconocimiento público. Tal vez fue sin más, sin un principio, sin tan siquiera una primera palabra. Quizás fuera un gesto o un cruce de miradas.

 

Cada uno se sentía principal protagonista de aquella representación de letras, palabras, frases; todos creían interpretar el papel más importante de esa charla esculpida en la improvisación.

 

Consistía en estar allí, en estar presente, en tener la palabra del momento o acomodarse en la escucha perfecta que cualquier buen orador hubiera escogido entre las mejores. Así, unos y otros se alternaban en sus actuaciones, en sus papeles, contribuyendo a la alimentación del voraz apetito de su charla.

 

Por más que se intente recordar aquel instante eterno, nadie pudo hacer suyo en tiempos posteriores, el argumento de aquella charla. Tampoco se sintió tal necesidad, salvo para refugiarse en ésta y volver así, a sentir el placer de lo vivido, del tiempo pasado, del momento compartido. Tampoco les importó.

 

Como la añoranza del barco que parte de puerto hacia horizontes olvidados por otros, poco a poco se hicieron conscientes de su viaje. Su conversación se había tornado palpable, se dieron cuenta de las ataduras del tiempo y la palabra. Allí empezó el fin de la charla. Ya nadie pensó en el éxito de su última actuación ante ese público de miradas conocidas, de su entrega por la palabra, ya nadie creyó en ella. Se quedó sola, yéndose despacio hacia el olvido de su máximo esplendor, yéndose a la deriva del momento perdido.

 

Fue un despertar temporal, porque todos los reunidos se refugiaron en esa posibilidad escurridiza y no tan lejana; poder algún otro día alcanzar aquella charla que partió de entre ellos y reencontrarse así con sus sueños de amistad imborrable. Se creían seguros en su red de sentimientos compartidos y esto les había hecho fuertes. Eso, y que nunca hasta ese instante les había fallado la palabra, confiaban en ella plenamente. Nada tendría por qué cambiar, y así sería., aún se ilusionarían con momentos sin inicio que los unieran hacia un final sin determinar, hacia un final por compartir.

 

Todo ambiente impregnado de sus silencios había llegado a ser olvidado con el paso de los minutos, a cada vaso vacío, a cada guiño bajo pseudónimo. Nadie tendría que creer si aquel día era contado, la envidia tendría su sitio entre aquellos que preguntaran si podrían ser protagonistas de lo que ellos no presenciaron.

 

Se veían ya engullidos por el ocaso de sensaciones hasta ese momento explotadas al máximo, nacidas en un fluir tan natural como añorado. Seguros de la fidelidad de una charla inconscientemente surgida en otro tiempo, se dejaron llevar por palabras sin magia de antaño, guiadas por signos de amistad verdadera. Eterna.

2º Premio en el Certamen de Relato Corto del Ayuntamiento de Jun 2008